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ZarAGOTA

Alegrías

Muy interesante Todas las Fiestas del Mañana  Ayer. Gente muy maja, la verdad. Os hablaré de ellos en otro momento. Ya tengo algo de efectivo después de bordear el abismo-llegó a marcar 49 la cuenta corriente, no os digo más- y se está de coña en mi casa, con el agua caliente y la calefacción, tanto que me voy a pirar para allí en nada. Me alegra tanto que Enrique Cebrián y Javier López Clemente le hayan dedicado unos minutos al Ciudad de Mármol, que la verdad dan ganas de seguir.

Os pongo la reseña, que podéis encontrar en su blog con vídeo y todo aquí

“Ciudad de Mármol” es una plaqueta editada por ediciones “4 de agosto” en un coqueto cuadernillo de elaboración artesanal y el último poemario de Octavio Gómez Milián, al menos hasta el próximo 22 de noviembre, día que presentará un nuevo libro editado por Olifante.


“Ciudad de Mármol” se inicia con una cita del maestro Enrique Morente “Conozco las banderas que había en las puertas de tu ciudad de mármol” Una frase reveladora que marca con intensidad flamenca todo el recorrido por el texto.


El poeta escala, durante la primera parte del poemario, por el cuerpo de la amada, sus fragancias, sus recovecos, todos los milímetros del cuerpo adorados, embebidos en una pleitesía que tan bien conocemos los hombres, esa capacidad para ahondar en los poros, vagar en las lejanías de la epidermis y bucear en los manjares agridulces que nuestras diosas reservan para los momentos lúbricos y previos al mayor de los gozos. Cuerpos que son farol, imanes para la vista, vasos comunicantes en la ley física de los fluidos; anatomía de formas apetitosas, curvas, siempre las curvas, curvas por las que morir, unas curvas que nos llevan hasta la ciudad de mármol, curvas para transitar, curvas hasta Portales por la ventana y “la magnífica pose abisal de tus muslos”


El cuerpo adorado abandona la cama, las sábanas y las mantas. El poeta lo sigue hasta el mercado público dónde los ojos del hombre siguen siendo esclavos del cuerpo, un cuerpo al que cortejar, un cuerpo como contenedor de gozosas cavidades, un cuerpo por reconquistar a cada paso. Pero ya nada será igual. Esa escapada al mundo real — a las carnes crudas, al paseo de peces muertos — es el preludio para el olvido, el aviso de un cuerpo negro como sombra chinesca, mutado en pavor y rechinar de dientes


El amor, si lo hubiese, disuelto. La energía agotada, el cansancio deviene en triunfador de los caminos que aún llevan al poeta hasta la ciudad de mármol, hasta sus puertas cerradas, días de hielo, de pesadillas, días de huída.
Pero la huída no ahuyenta al recuerdo y el recuerdo regresa. Lo hace destilando momentos gozosos, lametones del pasado, de caricias y gemidos. Es el punto de no retorno, ese momento crucial dónde lo más importante se conjuga en pasado y el presente pasa a un segundo plano, al lugar donde la mecánica del dormir vence al juego lúbrico de hacer el amor. Dormir con el cuerpo que antes fue Ciudad de Mármol, esa es la certificación del fracaso.


Octavio Gómez Milián se despide en primera instancia volviendo a su fijación con las duchas. Duchas había en “

Vasos comunicantes” el primero de sus poemas en arribar a esta bitácora, duchas había en su anterior poemario (“Con el sueño cambiado”), y ahora, en uno de los postreros versos de “Ciudad de Mármol”: “Tiritando tras una ducha incómoda” Palabras con el valor de la premonición que anticipó la actual situación del poeta, que hace unos días describió en su bitácora ZarAgota, como vagaba por Zeta mientras en su casa alquilada ni había calefacción, ni agua caliente.


El último poema es una despedida que contiene el espíritu del autor, una manera muy especial de mirar al pasado que tal vez, de tanto correr, se convierte en… “Ciudad de Mármol”, una aventura de quienes han escalado las más peligrosas empalizadas con la íntima creencia de ser capaces de decodificar los recovecos de las mujeres, esos aventureros que aportan lucidez a los momentos de cuando, después de esplendorosos deleites, los mimos se olvidan, hombres condenados a huir de sus palabras que terminan por destilar en poemas cercanos y versos para dar lumbre a la reflexión sobre las relaciones sexuamentales, un ejercicio alrededor del jeroglífico del amor, tan recomendable como peligroso.

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